001. agent daniels

chapter one
001. agent daniels!

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LE HAN DICHO que tenía muchas caras.

Mudaba su piel como una serpiente para revelar nuevas escamas. Una nueva armadura para un ser distinto al que había sido. Tenía muchos nombres, muchos alias, muchas historias a las que recurrir si alguna vez lo necesitaba. Tenía pisos francos, mochilas llenas de documentos de identidad, dinero y rutas de escape fáciles. Tenía todo lo que necesitaba para quitarse una vida y entrar en otra. Los que la conocían la llamaban Agente Daniels. Infamemente, tenía algunos otros nombres: uno era Agente Janus, el dios romano de dos cabezas y dos opciones a elegir; muchos pensaban en ese nombre. Más a menudo, la llamaban Víbora Roja, una serpiente con potente veneno sobre su lengua, que mudaba de piel y cuya mordedura era rápida y veloz; pocos la veían así. Había muchas serpientes mortales en los desiertos, arbustos, aguas, casas, árboles, ciudades industriales y montañas de Australia, su nombre las representaba a todas; o lo que es más importante, el peligro que encerraban. Una mordedura de la más formidable, la más venenosa del mundo, daba a la víctima sólo unas horas para emprender una carrera contrarreloj y garantizar su supervivencia.

Era la Taipán del interior, era una serpiente de Mulga, era la Serpiente Tigre y la Negra de vientre rojo — todas y cada uno hacían a la Víbora Roja; la hacían tan mortífera como era.

Pero su nombre más infame era el suyo propio.

Pamela Daniels.

Un nombre que no le pertenecía. Como todo lo demás, esa mujer también era una máscara.

Esa era la balanza de la que ahora la mujer nunca se desprendía del todo, por muchas caras que adoptara para intentarlo. Y era muy buena buscando cosas. Hallaba todo lo que quería. Lo único que la Agente Daniels nunca encontró fue cómo recuperar lo que había perdido.

Y ahora, esa chica nunca ha dejado de buscar.

Hoy en día, se aseguraba de buscar cosas que realmente pudiera encontrar. Personas, documentos, lugares. Adoptaba cualquier rostro que necesitara para completar la misión que se le encomendara. Encontraba lo que necesitaba sin pensar en las consecuencias para los demás. Eso la convirtió en la agente perfecta de S.H.I.E.L.D. Si Fury precisaba de algo, se lo pedía a la Víbora Roja, porque ella lo haría y lo lograría sin hacer preguntas. Nadie podía entender por qué estaba tan decidida — algunos lo llamaban lealtad incondicional, otros falta de empatía; nadie estaba al tanto de la triste y lamentable verdad.

La realidad era que no hacer preguntas era fácil. Hacer su trabajo era fácil. Entrar y salir era fácil. ¿Apegarse a alguien? ¿Arriesgarse a perderlo? Encontrar algo en lo que creer, la natividad del propósito y el deber, era más peligroso que cualquier veneno de serpiente. Ella lo sabía mejor que nadie.

La Agente Daniels era asignada al tablero de ajedrez donde se la necesitara: un peón, un castillo, un caballo, podía ser cualquier cosa. El Director Fury necesitaba un activo como ese. Y era estupendo, porque ahora no existía un solo día en el que ella fuera Pamela — aquella chica que tenía brillantes esperanzas y las perdió todas podía ser encerrada bajo un nuevo nombre, una nueva identidad, una nueva misión... cualquier cosa.

Hoy, lo que necesitaba encontrar era algo muy parecido a lo demás. Trabajar en S.H.I.E.L.D. significaba depender de la compartimentación. Había un número ingente de secretos y, para asegurarse de que nadie los descubriera, nadie los conocía todos. En este quinjet, Daniels sabía para qué estaba aquí, y eso era distinto de lo que sabía el agente de S.T.R.I.K.E. a su lado, y también era distinto de lo que sabía el técnico de comunicaciones que estaba detrás. No eran un equipo, eran una máquina; cada uno era una pieza que tenía un papel y un trabajo. Mientras cada uno cumpliera ese trabajo, la máquina seguía funcionando. Si uno perdía el norte e intentaba ayudar a otro, la máquina acababa fallando, al menos, así se lo explicaba siempre Fury.

Se dirigían a una solitaria franja de mar situada en medio de ninguna parte del Océano Índico. Allí había un secuestro que había que resolver rápida y directamente. Una tripulación de personal de S.H.I.E.L.D. había sido atacada por piratas que pedían un rescate; poco sabían ellos que S.H.I.E.L.D. no estaba especializada en negociaciones.

La Agente Daniels estaba en un espacio pequeño y abarrotado de gente con la que preferiría no estar. En silencio y con espíritu calculador, analizó al explosivo irracional que era Rumlow, líder del equipo S.T.R.I.K.E. Tenía una estatura media y una complexión robusta forrada con chalecos antibalas, pantalones cargo negros y un jersey azul marino oscuro. Llevaba la pistola a la cadera, lo que le confería una actitud temeraria y arrogante. Además, nunca se afeitaba la barba áspera y oscura de la mandíbula. Por otra parte, Daniels no necesitaba fruncir el ceño ante el lenguaje corporal de Rumlow para saberlo; le bastaba con escucharle hablar y señalar. Hacía tres meses que había sido nombrado para su puesto y, aunque tenía experiencia para dirigir a su equipo, no hacía que la agente Daniels quisiera escucharle.

Detrás de ella, estaba la esbelta silueta de la agente Natasha Romanoff. La llamaban la Viuda Negra; y allí estaba con elegantes extremidades, pelo rojo intenso y un ceñido traje negro, sin embargo, no hacía honor a su nombre. Era un arma feroz con un estilo de lucha único. Tenía la velocidad, la fuerza y la agilidad de la mismísima araña que lleva su nombre — podía engañar a cualquiera para que cayera en su telaraña con un susurro de palabras, una sola mirada; y entonces lo envolvía, lo paralizaba y no podía escapar.

Aquello la ponía en contacto directo con el hombre que tenía al lado. Compartió con él una mirada cómplice mientras el quinjet permanecía en silencio, estirando la cadera. Siempre había un brillo tímido en los ojos de Natasha Romanoff, y uno nunca sabía si estaba a punto de soltar una broma de mal gusto o de romperte el cuello. Rogers la recibió con poca consideración, rígido y severo mientras escuchaba el interrogatorio de Rumlow.

Steve Rogers. El Capitán América. Dejaba un sabor amargo en la lengua de la agente Daniels. Aún no se acostumbraba a estar en la misma estancia que el hombre al que solía estudiar en Historia Moderna. Aunque definitivamente era tan frustrante como ella imaginaba que sería.

Resultaba irónico que el hombre que eligieron para el supersuero fuera un estadounidense rubio y de ojos azules que era la imagen perfecta para sustituir al Tío Sam y señalar: ¡TE QUEREMOS A TI! Daniels lo sabe, porque tuvo que tomar anotaciones de aquellos pósters. Tuvo que fruncir el ceño ante su rostro en blanco y negro, ahora, lo fruncía en persona. La agente Daniels respetaba a Steve Rogers, no la malinterpreten. Después de las pocas misiones que habían hecho juntos, no podía evitarlo, y tampoco estaba dispuesta a negarlo. Pero había una diferencia en respetar a un hombre que portaba un escudo y tenía una fuerza inhumana que era bueno tratando de ser un soldado, pero los soldados no eran agentes de espionaje. Y para ser un soldado, seguro que no era bueno siguiendo órdenes que no le gustaban. Pero le encantaba cumplirlas.

Volvió a fijar la mirada en el monitor y observó cómo la imagen descendía en picado para ampliarse a toda la extensión del barco al que se aproximaban.

Rumlow tocó la pantalla y Daniels cerró los ojos brevemente, respirando con fuerza por la nariz.

—Objetivo: plataforma móvil de lanzamiento de satélites, Estrella de Lemuria. En plena misión fueron asaltados por unos piratas, hace noventa y tres minutos.

—¿Exigen algo? —preguntó Rogers.

—Dos mil millones.

—¿Por qué tanto?

Rumlow se encogió de hombros.

—Porque es de S.H.I.E.L.D.

El Capitán América puso brevemente los ojos en blanco al darse cuenta. Arrugó las cejas mirando a Rumlow, no impresionado.

—La han secuestrado sin desviar el rumbo.

—Seguro que hay una buena razón —respondió Romanoff en voz baja, lanzándole una rápida mirada.

Se cruzó de brazos.

—Empiezo a cansarme de ser el criado de Fury.

Daniels se había impacientado. Interrumpió la conversación con un cortante:

—No es tan complicado, Rogers.

Rogers apretó la mandíbula, pero se mordió sus comentarios malhumorados. En su lugar, la conversación volvió al tema que tenían entre manos.

—¿Cuántos piratas?

—Veinticinco —respondió Runlow. Pasó unos cuantos perfiles por el monitor; con dos dedos, amplió uno. La agente Daniels ladeó la cabeza, observando la mandíbula cuadrada del hombre y preguntándose con qué fuerza podría golpearla—. Mercenarios dirigidos por este tío. Georges Batroc. Ex-DGSE, División de Acción. Es el tío más buscado por la Interpol. Antes de que los franceses lo desmovilizaran, llevaba treinta y seis misiones mortales. Tiene fama de causar el mayor número de bajas.

—¿Rehenes?

Rumlow hizo una mueca mientras pensaba.

—Sobre todo técnicos —decidió con poco cuidado—. Y un oficial. Jasper Sitwell. Están en las cocinas.

Rogers tiró de sus guantes, encontrando esto fuera de lugar. No era idiota, por muy grande y rubio que fuera. El área de experiencia de Sitwell estaba en comunicaciones. Era la cara de S.H.I.E.L.D. respecto a respuestas cuando la gente hacía demasiadas preguntas. Pasaba la mayor parte de su tiempo en Washington, no en el Océano Índico.

—¿Qué hace Sitwell en un barco cómo ese? —suspiró y continuó—. Bien, yo peino la cubierta y busco a Batroc. Nat —la pelirroja a su lado arqueó una ceja puntiaguda—, para los motores y espera instrucciones. Daniels, inmoviliza a los enemigos en la proa. Mantente en contacto y ayuda cuando sea necesario. Rumlow, peine la popa, encuentre los rehenes, pétalos en las cápsulas salvavidas y lléveselos. Vamos.

Daniels cogió su comunicador sin mediar palabra. Lo fijó en su oreja con una confirmación de que estaba en línea.

—¿Canal dos?

—Canal dos —respondió Nat, probando el golpe de sus Mordeduras de Viuda que envolvían sus muñecas. Chispearon con un detonante de electricidad, igual que un taser, pero con un piquete mucho más doloroso. Una leve sonrisa se dibujó en sus labios mientras miraba de reojo a la Víbora Roja—. ¿Cómo te va con esa técnica de laboratorio del nivel tres?

Daniels entrecerró la mirada en cuanto vio la diversión que Natasha sostenía. Habló por su radio a pesar de que la Viuda Negra estaba justo a su lado.

—No molestes a Rogers con ese tipo de cosas.

—A un fósil testarudo sólo se le puede presionar hasta cierto punto.

El Capitán América se interpuso entre ellas y cogió su propio comunicador. Al oír el comentario de Natasha, se apresuró a responder:

—¿Aún con esa broma?

La Viuda Negra se hizo la inocente. Le dio una última chispa a su Mordedura.

—¿Lo pasaste bien el sábado por la noche?

—Bueno —Rogers jugueteó con su comunicador antes de ponérselo en la oreja—, los chicos con los que solía cantar gospel están todos muertos, de modo que no lo pasé bien —su broma hizo que Romanoff se riera para sus adentros.

El metal a sus pies tembló mientras descendían hacia el objetivo. La agente Daniels se apartó el pelo de la cara. Se lo ató y empezó a prepararse el paracaídas, tenía muchas más cosas en la cabeza aparte de los rehenes. Necesitaba hacer su primer trabajo lo más rápido posible para tener tiempo de pasar desapercibida. No estaba de humor para conversaciones que la distrajeran.

El viento soplaba en sus piernas, les revolvía el pelo. Rogers abrió la puerta corredera mientras se acercaban al punto de caída. El quinjet se detuvo suavemente y se quedó suspendido en el aire.

Natasha tiró con fuerza de las correas del paracaídas, haciendo fuerza con las hebillas con la suficiente facilidad como para hablar.

—Pues si invitas a Kristen, la de Estadísticas, ya verás como te dice que sí.

Rogers se ajustó el casco a la cabeza y se lo apretó en la base de la mandíbula. El Capitán América se dirigió hacia la puerta.

—Por eso no lo hago —aseguró su escudo contra su espalda, un arma lisa y reluciente hecha de vibranium.

—¿Por tímido o por miedoso?

—¡Por ocupado!

Y dicho esto, el Capitán América se zambulló en la oscuridad de la madrugada.

Su piloto giró la cabeza hacia atrás tan rápido que dio un respingo.

—¿Llevaba paracaídas?

Rumlow rió por lo bajo, sacudiendo la cabeza con una diversión que Daniels no compartía.

—No. Iba a pelo.

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ELLA FUE la primera en seguirlo. El aire del océano rasgaba a su alrededor, una suave caricia que se convertía en un silbido a medida que descendía. La lluvia le salpicó las mejillas al atravesar las nubes grises, al principio no olió el mar, pero lo oyó. Chocaba con un tono similar al del viento impetuoso, barriendo y agitando las olas contra el lateral del navío. Una oscuridad profunda e inquietante que coincidía con los cielos oscuros de arriba. La agente Daniels tiró de su paracaídas antes de aproximarse demasiado, dejándose llevar a un ritmo más lento hasta la parte frontal de la cubierta. Nadie la vio aterrizar ni la oyó. Sus pies tocaron el suelo con la ligereza de una pluma.

Con su traje negro, se movió entre el velo del alba, se quitó el paracaídas y caminó despreocupadamente hacia delante. La agente Daniels escudriñó la zona — ahora que se encontraba en la proa, las cubiertas superiores se cernían sobre ella, cubriéndola de sombras que la hacían apresurarse a mantenerse fuera de la vista desde las ventanas superiores. Se agachó a un lado, centrándose en el primer objetivo.

Había cinco hostiles dispersos, pero ninguno se había percatado de su presencia. Daniels siguió caminando, aprovechando la oportunidad para observar sus armas; se acercó tanto al primer pirata que estaba justo en su sombra.

En cuanto notó su aliento en el cuello, ella entró en acción. Apuntó primero a su garganta; un rápido golpe le hizo jadear e impedirle hablar. Víbora Roja agarró su arma con las manos y lo desarmó con un fácil giro antes de noquearlo con un golpe ascendente del cañón. Lo atrapó antes de caer al suelo, bajándolo con cuidado para asegurarse de no causar más ruido del necesario.

En cuanto cayó, la agente Daniels cargó contra el segundo pirata. Se agarró al poste más cercano que sostenía el voladizo de arriba y saltando y dando una vuelta, le dio una patada hacia atrás contra el tercero antes de que ninguno pudiera parpadear. Tropezaron a la vez y uno chocó su cabeza contra la esquina de la pared. Su amigo se tambaleó y levantó el arma para disparar, pero ella ya estaba lista. Daniels le dio una patada en la muñeca; el arma cayó al suelo y barrió sus piernas. Aterrizó encima de su amigo, aturdido.

El cuarto y el quinto por fin se dieron cuenta que algo no marchaba bien. Daniels se giró y respiró hondo, dispuesta a enfrentarse a ellos con los puños en alto, hasta que un círculo de metal rojo, azul y blanco impactó contra ellos. El escudo rebotó de un lado a otro, golpeando sus torsos con tal fuerza que quedaron sin aliento a sus pies.

Dejó caer los puños, no contenta. Daniels avanzó hasta ponerse a la altura de Rogers, que cogió su escudo y se lo volvió a colocar sobre los hombros.

—Si me asignas un trabajo, Rogers, ten la amabilidad de dejarme acabarlo.

La miró. Igualando su tono, el Capitán América dijo:

—La mayoría en un equipo daría las gracias.

—Así no funciona —los dos aminoraron la marcha mientras doblaban hacia el lado izquierdo hablando en susurros discretos y comprobando quién esperaba al otro lado—. Tú haces tu trabajo. Yo hago el mío.

—Silencio —Rogers advirtió movimiento. La agente Daniels frunció el ceño ante su tono cortante, pero escuchó. Le hizo un gesto para que avanzara y se metiera por el pasillo lateral donde había visto la sombra. Ella asintió.

Pegada a la pared, Daniels mantuvo el oído alerta en busca de posibles pisadas. Cuando las escuchó, contó cuántas eran. Se detuvo justo en la esquina, fuera de su vista. Cuando estuvo segura de que se trataba de una sola persona, esbozó una sonrisa falsa y apareció.

—Buenas —saludó con una voz demasiado alegre para pertenecerle. El pirata se sobresaltó. Se quedó mirándola, tan sorprendido que no reaccionó. Daniels ladeó la cabeza. Luego le dio un puñetazo tan fuerte en la nariz que cayó inconsciente de inmediato.

Volvió a alejarse, girando la muñeca. Daniels no perdió tiempo en volver junto a Rogers y terminar su argumento.

—Lo tenía todo controlado.

Daniels se apartó en cuanto oyó a alguien detrás de ella. No dejó de mirar cuando Rogers soltó su escudo y el grito ahogado del pirata se hizo lejano al caer al océano. Rogers cogió el escudo al tiempo que giraba.

—A la próxima no te ayudo —le dijo con severidad, aunque había un hálito de sarcasmo.

Daniels se burló mientras el equipo S.T.R.I.K.E. y la Viuda Negra comenzaban a aparecer, vagando por el fondo de las nubes. Se dirigieron al centro de la cubierta. Arqueó una ceja y se dio cuenta de que, en menos de un minuto, el Capitán América la había despejado.

Romanoff aterrizó, grácil, con el mismo toque que tendría una bailarina. Dejó caer el paracaídas. Los miró a ambos antes de volver a clavar su intensa mirada en Rogers.

—¿Y esa vecina tuya que es enfermera? Parece una buena chica...

Él volvió a colocarse el escudo sobre los hombros.

—A la sala de máquinas —dijo sin mirarla—, luego me buscas pareja.

—¡Puedo hacer varias cosas a la vez! —Viuda Negra se balanceó sobre la barandilla y saltó a las cubiertas inferiores.

Daniels no esperó su siguiente orden. Ya sabía dónde la iba a destinar y estaba dispuesta a utilizar eso en su favor para llegar adonde realmente necesitaba estar esa madrugada.

—Encuentra a Batroc —le dijo a Rogers, avanzando hacia la puerta metálica que conducía al interior. Víbora Roja cogió un pequeño artilugio redondo y lo colocó en el centro de la plancha—. Voy a entretenerme dentro.

El pequeño pasador negro se iluminó y oyó el clic de la cerradura dentro de la puerta. Movió las cejas, impresionada, y empujó la puerta metálica.

—Gracias, Sci-Tech...

El Capitán América ya estaba en marcha.

—Nos vemos en el punto de encuentro —ordenó.

—Sí, señor —dijo con falso acento americano antes de desaparecer en el interior de los pisos inferiores de la cabina del capitán.

Una vez cerrada la puerta y metida en un largo y frío pasillo, Víbora Roja rebuscó en su bolsillo trasero y sacó una fina y delgada memoria USB. La movió entre sus dedos y comenzó a caminar despreocupadamente por el estrecho pasillo. En lugar de tomar la izquierda hacia el centro para ayudar a Rumlow, la agente Daniels se alejó por la derecha.

A veces, según su experiencia, la mejor forma de encontrar algo era seguir las señales y asegurarse de poder leerlas en varios idiomas.

Oyó murmullos a través de la línea, pero continuó su camino. A diferencia del resto, a la Víbora Roja se le había encomendado un trabajo muy específico. Fury la alistó en esta misión para que limpiara su trabajo sucio. La agente Daniels fue elegida para recopilar todos los datos de S.H.I.E.L.D. que pudiera encontrar en el barco. Si fuera ella la que hiciera preguntas, podría sospechar de las circunstancias de esta toma de rehenes; la oportunidad perfecta para que Fury encontrara la forma de volver a entrar y hacerse con lo que necesitaba.

Pero ella no era de hacer preguntas. Y así, hacía su trabajo perfectamente y sin ninguna objeción.

La agente Daniels mantuvo los ojos fijos en la señal, siguiéndola con paso decidido cuando Rumlow volvió a conectarse. Su voz era apenas audible, susurrando un firme y tranquilo:

S.T.R.I.K.E. en posición.

Encontró la puerta y la abrió de un empujón. Entró y la cerró rápidamente. La agente Daniels se paseó por las filas de ordenadores.

Natasha, ¿situación? —exhaló Rogers. Se hizo el silencio—. Situación, Natasha...

¡Espera! —espetó. Se oyó un potente gruñido ahogado mientras cargaba y atacaba. Daniels encontró un ordenador que le gustó y se sentó, tarareando una melodía para sí misma mientras lo encendía y enchufaba el USB. Escuchó las numerosas peleas y gritos en la línea de la Viuda Negra.

Al cabo de un momento, todo quedó en silencio. Viuda Negra resopló por la radio:

Sala de máquinas segura.

¿Daniels?

—Haciendo mi trabajo —murmuró en voz baja, concentrándose mientras tecleaba el código correcto. Se mordió el labio inferior y entrecerró la mirada hasta que la pantalla se oscureció. Segundos después, se iluminó y pulsó Intro con una sonrisa de orgullo. Se sentó y miró la hora en su reloj a la espera de que se descargaran los archivos.

A mi señal. Tres... Dos... Uno...

Los disparos resonaron. Los hostiles habían sido eliminados en menos de una fracción de segundo.

Daniels suspiró y se quedó callada, contando pacientemente los segundos. Empujó la silla de ruedas hacia delante y hacia atrás con la bota apoyada en la mesa. Se quitó el polvo que había caído sobre sus pantalones negros.

Levantó la vista y observó algunos de los archivos que se estaban descargando. La mayoría pasaron desapercibidos. Algunos no los entendía... esquemas y descubrimientos científicos. Había identificaciones, casas seguras, archivos sobre figuras infames como Bruce Banner y la Caballería.

Hasta que uno le produjo una sacudida en el estómago.

Desapareció tan deprisa que casi lo echó de menos, pero el nombre que la miraba la cegó y la dejó sin aliento. Bajó el pie y acercó la silla. El corazón se le aceleró. Ya lo había perdido, ahora estaba dentro del USB... pero Pamela lo había visto. Leyó el nombre.

Phillip Coulson.

Su respiración se entrecortó y sus hombros se pusieron rígidos. Le vinieron a la mente recuerdos de una sonrisa de labios finos, abriéndole la puerta de un Corvette rojo brillante de 1962. El dolor, aún tan reciente, le punzaba el pecho a Pamela Daniel y le dificultaba la respiración. Apretó los labios y odió cómo, casi de inmediato, parpadeaba para contener las lágrimas.

Pam respiró hondo y sacudió la cabeza. No podía pensar en Coulson, sobre cómo nunca tuvo la oportunidad de despedirse, de decirle todo lo que había hecho por ella, todo lo que significaba. Tenía que seguir adelante.

Rehenes preparados para su extracción. Daniels no ha aparecido, Cap. Los enemigos siguen activos.

Daniels sabía que hablaban de ella. Sabía que se le había acabado el tiempo y que tenía que estar en otro sitio, pero lo único que podía hacer era mirar, inexpresiva, los archivos que seguían pasando al disco duro. Lo único que podía hacer era pensar en una de las únicas personas que la habían hecho sentir capaz de algo. Sólo podía pensar en aquella joven que había visto aquella sonrisa y había tenido una segunda oportunidad de cambiar su vida, de que alguien creyera en ella.

Y se lo quitaron.

Daniels —la voz de Rogers era distante en sus oídos—, Batroc se ha escapado. Ve con Rumlow y protege a los rehenes —no le respondió. Tenía un nudo en la garganta que intentaba tragar con todas sus fuerzas—. Daniels. Pamela...

Oír su nombre la sacó de su trance. Arrugó el ceño y estuvo a punto de contestar, hasta que recobró el sentido suficiente para permanecer en silencio. Apretó los dientes y se levantó de la silla. Daniels siguió esperando a que los archivos terminaran de transferirse, inclinándose para posarse frente al monitor con la esperanza de que se aceleraran.

—Oh, vamos —golpeó las uñas en la mesa con impaciencia—. Venga, venga, date prisa...

La agente Daniels dio un respingo cuando oyó que la puerta a su espalda se abría de golpe. Un fuerte impacto se escuchó en el suelo y miró por encima del hombro, sobresaltada al ver a Rogers golpear con su puño la mandíbula de Batroc, dejándolo inconsciente. Se levantó, empujando al mercenario tendido a sus pies.

Se quedó boquiabierta. Cerró rápidamente la mandíbula y se aclaró la garganta, preguntándose cómo iba a salir de esta.

—Vaya —lentamente, el Capitán América se volvió hacia la agente que estaba junto al ordenador central del laboratorio—, será interesante de explicar.

Rogers no estaba de humor para sus bromas sutiles. Se acercó furioso, frustrado y molesto al verla alejada de donde debía estar.

—¿Qué haces?

—Asuntos clasificados.

Miró brevemente hacia atrás para asegurarse de que Batroc estaba inconsciente antes de volver hacia Víbora Roja.

—Rumlow te necesitaba. ¿Qué demonios haces aquí?

Se detuvo junto a su hombro. Su gran sombra se cernía sobre ella, y Daniels hizo todo lo posible por ignorarla.

—Encontrar cosas... Es lo que hago.

Rogers observó la barra de carga gradual en la pantalla del ordenador y no tardó en darse cuenta. Apretó los dientes.

—Eso es información de S.H.I.E.L.D.

—Gran novedad, Capitán.

—Nuestra misión es liberar rehenes —la miró con el ceño fruncido.

—No —añadió la agente Daniels. El último archivo se deslizó hasta la unidad y la extrajo. La hizo girar en la palma de la mano y cerró los dedos con fuerza—. Esa es tu misión —se volvió hacia él con una sonrisa rígida—. Y enhorabuena, has superado mis expectativas.

Fue a marcharse, pero Rogers le agarró el codo con tanta fuerza que la hizo retroceder con una dolorosa sacudida. Daniels giró hacia él, sorprendida. La mantuvo quieta.

—Has puesto en peligro la operación.

Víbora Roja frunció las cejas.

—Yo hice mi trabajo. Tú el tuyo. Bienvenido a S.H.I.E.L.D. —trató de apartarle, pero tuvo poca suerte—. Ahora suéltame.

Daniels lo vio antes de oírlo. Jadeó, empujó a Steve hacia un lado y cogió su pistola en cuanto Batroc se puso en pie. Un espantoso sonido hizo que el corazón se le hundiera en el estómago. Rogers levantó su escudo y la granada rebotó a la esquina más alejada. Daniels corrió hacia las ventanas de cristal cercanas; Rogers estaba a su lado en cuestión de segundos, agarrándose a ella y saltando sobre las mesas. Su puntería era descuidada, pero dio en el blanco.

El cristal se hizo añicos, cayendo a través del yeso, el fuego y los escombros que estallaron a su alrededor con tal estruendo que le zumbaron los oídos. Ella se agarró con fuerza, agradecida por el campo de fuerza de vibranium que mantenía su cabeza a salvo mientras caían a la sala lateral. Aterrizaron dolorosamente con la espalda contra la pared, sentados entre fragmentos de cristal roto.

Daniels gruñó, sus manos volaron a su cara mientras respiraba profundamente, sacudiendo el sonido agudo en su oído. Detrás de ellos, las llamas envolvían el laboratorio informático.

—¿Estás bien? —siseó cuando sintió un corte en la mejilla. Pasó la palma de la mano por encima y tosió para ahuyentar el humo que se cernía sobre ellos.

Rogers miró la destrucción desde el alféizar de la ventana rota. Se desplomó contra la pared, enfadado.

—Vale —murmuró ella al ver su reacción. También se desplomó, cerró los ojos brevemente y empezó a sentir más cortes en las mangas y los pantalones. Empezó a oír el eco de la alarma. —Bien. No contestes. Estoy fenomenal, gracias por preguntar —se enfadó, tosió de nuevo y se tapó los ojos con las manos. Dejó escapar un largo y exasperado suspiro—. Yo asumo la culpa.

Rogers cogió su escudo y se puso en pie.

—Estarás contenta —se marchó furioso, dejándola sola en el suelo.

Ella resopló al verle marchar, pegando ligeramente la cabeza contra el yeso.

—Oh, joder —murmuró.

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